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La verdad que casi nadie dice sobre empezar en el gym

  • Foto del escritor: Annel Garc�a Evangelista
    Annel Garc�a Evangelista
  • 7 dic 2025
  • 5 min de lectura

Actualizado: 8 dic 2025


Así empezó todo


Tenía tiempo queriendo retomar el gimnasio; sin embargo, me invadía la ansiedad con solo pensar en tener que ir. Uno de mis amigos iba todas las tardes, así que, en una de esas, me atreví a inscribirme. Fui sin pensarlo, totalmente motivada por el impulso y las ganas de querer superar mi miedo; un acto que quizás para algunos representa valentía y, para otros, bueno… la idea de inscribir mi tarjeta a pagos automáticos mensuales no tanto. Sin embargo, este paso no era nada comparado con lo que venía.


El primer día


La tarde que fui a entrenar por primera vez, mi amigo me acompañó nuevamente. Sentí que el estómago se me revolvió antes incluso de entrar. No era miedo a las pesas ni al cansancio. Era otra cosa: la sensación de que todo el mundo me estaba mirando, juzgando, midiendo lo que hacía… Caminé hacia los lockers fingiendo seguridad, pero con las manos sudando más que si hubiese llevado 30 minutos en la caminadora.


Cuando entré, escuché las pesas chocar, la música fuerte, la gente moviéndose sin parar. Y aunque parecía un caos, había algo que no había notado antes: cada quien estaba en lo suyo. Nadie me miraba. Nadie se reía. Nadie juzgaba. Me tomó unos minutos aceptarlo, pero cuando lo hice, todo se sintió más liviano.


Lo curioso es que, desde fuera, ir al gym parece algo simple: entras, entrenas y te vas. Pero para mucha gente —y ahí me incluyo— la ansiedad empieza desde el camino. Te preguntas hasta si vas "bien vestida”. “Mira qué poco peso”, “tiene una técnica terrible”, “se nota que no sabe lo que hace”… todos estos pensamientos invadían mi mente cuando, en realidad, nadie me conocía.


Esa ansiedad, aunque silenciosa, pesa más que cualquier dumbbell de 45kg. Te preocupa que alguien piense que no mereces ocupar espacio y hasta el simple hecho de ser percibida. La frase que intentaba recordarme era una que había leído en Instagram: “La gente está más pendiente de sí misma que de ti.” Suena cliché, pero me ayudó a respirar. Porque la realidad es que la ansiedad del gym casi nunca trata del gym; trata de nosotras mismas, de sentirnos expuestas y vulnerables, de creer que no encajamos, que estamos comenzando “muy tarde” o que no tenemos el conocimiento suficiente.


Mi amigo fue mi guía durante todo el entrenamiento. Se aseguró de explicarme cómo utilizar las máquinas: cómo ajustarlas, qué músculos trabajan y cómo ejecutar los ejercicios correctamente. Gracias a eso fui ganando confianza y, poco a poco, pude ser más independiente. El fue muy paciente y evitaba ponerme en ejercicios que me hicieran sentir demasiado expuesta. También evitaba incentivarme a poner demasiado peso (aunque hoy en día hace todo lo contrario).


Lo que descubrí entrenando con ansiedad


Aunque la ansiedad no desapareció de golpe, se volvió un zumbido cada vez más bajo. Continuaba yendo con mi amigo en las tardes y luego me animé a ir sola un sábado. Mi estrategia fue hacer tren inferior, ya que era con el que me sentía más cómoda, y utilizar las máquinas que más seguridad me brindaban.


Admito que aún había ejercicios que me hacían sentir expuesta, como trabajar el tren superior, especialmente los días de pecho. Sentirme débil o que apenas podía ejecutar algunos movimientos me hacía sentir vulnerable y, creo, hasta un poco derrotada. Pero me rehúse a rendirme y, bueno… Aunque no soy la mujer más fuerte del gimnasio, hace un par de semanas me sorprendí a mí misma subiéndole peso a la máquina de press de pecho, y antes no podía ni con el peso más ligero. En mi mente, yo me había convertido en Wonder Woman.


Descubrí que:


  • Respirar profundamente antes de cada serie me calmaba más que cualquier playlist (aunque ayuda mucho tener uno que me haga sentir poderosa). Aquí te paso la mía para Spotify y para Apple Music.


  • Planificar mis ejercicios antes de llegar evitaba quedarme parada sin saber qué hacer.


  • Ir con ropa cómoda hacía más por mi seguridad. Tener ropa o sets para el gym que me hicieran sentir “bonita” también aumentaba mi confianza.


  • Si algún ejercicio era difícil o alguna máquina me parecía intimidante, buscaba videos en Instagram para entender qué músculos trabajaba. Por ejemplo, veía muchos videos de @rljteda, creador de rutinas y explicaciones de ejercicios, para orientarme mejor.


  • Y, sobre todo, ir sola no significaba estar desprotegida. Aunque al inicio iba con compañía, siempre fui consciente de que el objetivo era lograr sentirme cómoda estando por mi cuenta.


Por qué tantas personas sienten esto


Viendo contenido sobre bienestar, entendí que la ansiedad del gym es más común de lo que imaginamos. Los especialistas explican que se debe principalmente a dos factores:


  • La sensación de exposición: espacios abiertos, espejos, ruido, máquinas desconocidas. Como cuando intentas trabajar bíceps frente al espejo y estás rodeada de personas más avanzadas en su entrenamiento.


  • El miedo social: pensar que otros observan y juzgan nuestro desempeño.


Pero también dicen algo importante: esa ansiedad se reduce drásticamente cuando repetimos la experiencia, entendemos el entorno, ganamos seguridad y nos damos permiso de no ser perfectas.


El día que me sentí parte del lugar


No fue un día especial. No fue un día donde levanté más peso ni donde me sentí espectacular. Ya llevaba al menos un mes, hacia un set de hip thrusts, estaba tan concentrada en mantener la forma que olvidé sentir ansiedad. Solo me enfoqué en la cantidad de peso, la respiración adecuada, el ardor y la tensión muscular. Cada repetición era una mini victoria y no pensé ni una sola vez en si alguien me miraba. Fue un día normal. Llegué, hice mis ejercicios, sudé, me cansé…Ese día entendí que la ansiedad no se vence huyendo del gym, sino entrando las veces necesarias hasta que el miedo se canse de insistir.


Aún hay —y vendrán— días más difíciles que otros. Habrá ejercicios que no se sentirán bien las primeras veces. Cuestionarás tu forma, tu progreso y tu conocimiento. Puede que incluso vuelvas a sentirte expuesta y vulnerable. Pero la fortaleza y la valentía no son sinónimos de comodidad; se basan en atreverse a pesar de ella, en ser creativa, resiliente y en buscar nuevas formas de vencer los obstáculos.


La parte del proceso que nadie te cuenta


Volver al gym sin miedo no es un logro físico; es uno emocional. Y, aunque suene un poco irónico, ese espacio de entrenamiento se ha convertido en uno de mis lugares favoritos. Me siento bien, más confiada, y me permito retarme: ya sea con un ejercicio nuevo o con un peso mayor en las máquinas.


Volver al gimnasio, atreverse y seguir a pesar del miedo es una forma de recuperar la confianza en nosotras mismas; es un acto de disciplina y de amor propio. Ahora, cada vez que recuerdo a mi yo del pasado, pienso:


“No tienes que ser experta, no tienes que verte de una forma específica, no tienes que saberlo todo. Solo tienes que entrar. Lo demás llega con el tiempo.”

 
 
 

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